Vivimos rodeados de voces. Algunas nos guían con amor, otras nos gritan con exigencias. Desde niños, el mundo comienza a decirnos qué hacer, cómo comportarnos, qué estudiar, en qué creer. Lo triste es que muchas veces, esas voces se vuelven tan fuertes que terminan silenciando la más importante: la nuestra.
Y lo más grave es cuando esas imposiciones no vienen solo de la familia o de la cultura, sino también de leyes y estructuras que deberían protegernos.